Leyendo artículos de verano de varias revistas me he dado cuenta de algo que nunca he tenido en la vida. Seguro que hay alguna cosa más pero de ésta me he dado cuenta hoy leyendo y leyendo: nunca jamás he tenido, disfrutado ni padecido un amor de verano.
No creo que tenga mayor importancia pero el caso es que yo no podría responder a esas preguntas de las entrevistas estivales sobre mi recuerdo de amor adolescente en el lugar de veraneo, mis lloreras al volver de vacaciones por dejar allí a mi nuevo amado, mis puestas de sol apasionadas...nada, ni una de estas cosas. ¿Será esta mi tara? ¿Será esta falta en mi pasado un trauma con consecuencias brutales?
La verdad es que nunca lo había pensado pero también es verdad que nunca me había dado cuenta hasta hoy. Cuando hablo de amores de verano me refiero a esos de los que hablan las revistas: impulsivos, breves, intensos, apasionados y trágicos. Y con algo de obligatorio cumplimiento: que hayan sido disfrutados o sufridos durante la época estival: playa, biquini, palmera, chiringuito, bañador, piscina, helados...Porque claro está, de esos amores que describo algo sé, pero nunca han sido veraniegos.
Será que soy gallega y aquí el tiempo tampoco es que acompañe, o que una de mis canciones favoritas sea Canción de invierno, qué sé yo. El caso es que los amores que disfruté en verano venían de la primavera o si comenzaron en verano continuaron en otoño, así que no valen para ninguna entrevista.
Si me paro a recordar (tarea en ocasiones necesaria y otras desaconsejada) lo que recuerdo del amor en verano son rupturas. Vaya.
Si algún día alguien quiere una entrevista de verano con mi persona o personaje tengo tres opciones: o me invento un amor de verano, o cuento una ruptura, o cuento el inicio de un amor para toda la vida. Pero de pasiones arrebatadoramente playeras, que duran unas vacaciones, que hacen subir al cielo y bajar a los infiernos, de eso bajo el sol nada de nada.
¿Por qué nadie habla del amor de navidad? ¿O del de Semana Santa? No son lo mismo que en verano, claro, cambia el decorado. Y se pierde la magia del entorno, porque amor ligero de ropa, adolescente, intenso...al calor de la chimenea con el árbol y el belén de fondo, entiendo que no es lo mismo.
Quizás para tener un amor de verano haya que amar al verano mismo, porque, osando reflexionar sobre esto sin experiencia, esa intensidad, pasión, amor, arena, sol, fuego, dolor terrible por la separación, angustia de la distancia, miedo a perderlo para siempre, desasosiego de las primeras nubes...¿no es eso acaso amar el verano y no al veraneante?
Porque, por lo que he leído, todos los amores de verano comparten rasgos y características y son todos bastante parecidos. Son como las vacaciones mismas: te lo estás pasando genial, tan genial que pasan rapidísimo y siempre tienen un fin (de esto sí sé algo más).
Así que los enamorados estivales quizá se estén enamorando de la propia estación. Lo siento, siento tirar al suelo sus grandes e intensos amores cíclicos pero creo que no eran del todo reales.
Salvo que alguien a quien no le guste el verano levante la mano...
Mostrando entradas con la etiqueta amor verano veraneante vacaciones. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta amor verano veraneante vacaciones. Mostrar todas las entradas
viernes, 23 de julio de 2010
Suscribirse a:
Entradas (Atom)